domingo, 10 de junio de 2012

Agustín Fernández Mallo y Raúl Quinto escriben sobre Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría


Libros chulos: Interior metafísico con galletas, Alberto Santamaría, edit El Gaviero.
Un libro al que me siento muy afín, empezando por el título, tomado de la pieza de Chirico, El gran interior metafísico con galletas (1915), y terminando por el poema Himno a Ángels Barceló, que pude oír de viva voz la primera vez que el poeta lo leyó, en Morille, allá por 2005. Entre medias, una meditación acerca de la metafísica próxima y muy carnal.
La llamada del metafísico (fragmento)

Sentado así, de esta forma –escribe ella/ mientras el teléfono comienza a sonar/ al otro lado de la casa–,/  tu cuerpo guarda un difícil equilibrio./ Un hámster atrapado en su propio laberinto/ sería un buen ejemplo/ de eso que trato de decirte./ La habitación es demasiado grande para los dos:/ lo adivinamos pronto frente al espejo./ Una cama estrecha. Muebles de época./ Una lámpara de araña en lo alto/ nos impide dejar de mirar hacia el techo:/ alucinados y precisos como máquinas/ tragaperras./ Hay humo por todas partes/ –arquitectura blanca bien hilada–./ Sobre la pantalla del televisor/ sintonizado en un canal de cocina/ nuestra sombra se llena/ lentamente/ de nieve gris/ y ruidosa./ ¿Qué nos habrá traído hasta aquí?/ ¿Qué será eso que nos hipnotiza/ más allá de la materia?/
No es la pregunta/ lo que nos inquieta realmente/ sino el sonido que golpea tus labios/ como agitadas alas de murciélago./ No son las preguntas –ni siquiera sus palabras–/ sino esta melódica sensación de vacío/ que metódicamente nos invade./ Observo su forma de decir/ “en aquel edificio verde viví cuando era joven”/ y luego “algo así como quien interfiere/ en tus pensamientos sin pedir nada a cambio”./
Observo./


Palpando superficies.

Un título certero: Interior metafísico con galletas. El mismo de un cuadro de Giorgio de Chirico. Ambos nos muestran su taller, su sala de máquinas, igual que una alucinación. Santamaría (Torrelavega, 1978) escribe con los dedos, como en braille, palpando la superficie de las cosas, buscando las fisuras o los límites, donde la solidez se convierte en niebla.  Describe, narra lo que sucede, nos enfrenta a la realidad material para ver que tras lo epidérmico se filtra siempre, si sabemos mirar, la profundidad. La filosofía y sus interrogantes acerca del mundo. En los límites de las cosas y las palabras. Nos hace interrogarnos sobre lo que es la naturaleza, la permanencia, el propio sentido de la lengua, mientras vemos el telediario, oímos sonar el teléfono o nos embelesamos con las motas de polvo chocando contra la bombilla. La lección de Wallace Stevens bien aprendida: la realidad como mantra. Pero siempre yendo más allá. Buscando “eso que nos hipnotiza más allá de la materia”(p.25).


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