jueves, 26 de abril de 2012

Interior metafísico con galletas de Alberto Santamaría por Luís Bagué Quílez


Metafísico estáis




El último libro de Alberto Santamaría (Torrelavega, 1976) toma prestado su título del cuadro homónimo de Giorgio de Chirico, fechado en 1916. En el lienzo se puede contemplar un taller pictórico y, en primer plano, un surtido de galletas enmarcado y dispuesto con cierto parecido antropomórfico. Una operación desfiguradora similar a la postulada por De Chirico nos propone Alberto Santamaría en este otro Interior metafísico con galletas, publicado cuidadosamente por El Gaviero. En las páginas del cuaderno asistimos al laboratorio de una escritura singular y al efecto de extrañamiento que despliega una ironía subversiva. El conflicto entre la realidad y el lenguaje -cuestión habitual en la obra de Santamaría- se tensa aquí en una dialéctica irresuelta. Solo el azar y la voluntad cristalizan en la intuición lírica o en el método adivinatorio que permite explicar "nuestro modo de (des)ordenar el mundo", según afirma Rosa Benéitez en la sugerente introducción del libro.

La sección inicial, El crucero del metafísico, está integrada por cuatro poemas extensos que registran los espacios en los que se desarrolla el ejercicio de reflexividad que denominamos meditación. La llamada del metafísico reconstruye el decorado preciso para el advenimiento de la idea. Se trata de un territorio abstracto y cotidiano al mismo tiempo, troquelado sobre un fondo doméstico y proyectado hacia un cielo "color mostaza". En Un paisaje interior (Alucinación metafísica en La Rochelle), la escenografía portuaria de una ciudad francesa proporciona el anclaje referencial de un canto dedicado a la hipnótica belleza de los desperdicios y a la caducidad de toda contemplación. En el siguiente texto, Farfullando con un subastador con problemas de vejiga (Las cosas del lenguaje), Santamaría se adentra en los desconciertos de lo visible y en las zonas de indeterminación que separan el dinamismo y la inmovilidad, el silencio y el verbo, la existencia y el vacío. El recorrido meditativo se tiñe de una tonalidad épica en la última pieza del apartado. El verano del metafísico (O el segundo viaje de Crispín précepteur, 1679) puede leerse como un peculiar ensayo sobre lo sublime -o, mejor dicho, lo contrasublime- en el que los objetos toman la voz y piden la palabra. Los últimos versos de la composición (-Por algo llevas la misma peluca / que las cosas) recogen el desafío de dos poemas de Pequeños círculos (2009): La peluca de las cosas (lo ignorado) y La peluca de las cosas II (After Nietzsche), respectivamente. En este caso, el diálogo metaliterario aporta nuevas pistas, pues el personaje de Crispín, que protagoniza la comedia de La Thuillerie que da título al texto de Santamaría, también aparece en The comedian as the letter C, de Wallace Stevens.

La segunda sección, Himnos (tres poemas), consagra otras tantas odas a personalidades y lugares que forman parte de la constelación mítico-cultural del autor. En Himno a Àngels Barceló, la conocida presentadora televisiva activa un panóptico discursivo que mezcla las noticias del día con una particular topografía del deseo. A su vez, Vaga escena interminable: adoración de Benidorm, ofrece un denso aquelarre vacacional o una microteoría del caos en la que convergen sujetos y objetos, voces y ecos, paisajes desolados y paisanajes comunes. Por último, Calor, destreza y filo cortante: breve excursus familiar utiliza una secuencia de la novela Submundo, de Don DeLillo, para convocar un autorretrato fragmentario en el que, nuevamente, los accidentes cotidianos son las únicas certezas filosóficas en las que puede refugiarse la persona enunciativa. 

En definitiva, Interior metafísico con galletas no solo confirma a Alberto Santamaría como uno de los grandes ironistas contemporáneos, sino que certifica una de las trayectorias poéticas más coherentes en un panorama que ya no merece el condescendiente adjetivo de joven. Su nuevo libro supone una gozosa oportunidad de sumergirnos en un universo deslumbrante. No me cabe duda de que Giorgio de Chirico lo habría propuesto como lectura obligatoria.


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